El Monasterio
El Monasterio Alberto, miró en torno suyo y vio con sorpresa que el sol descendÃa rápidamente hacia poniente y que la noche se aproximaba. Ya se proponÃa pedir la explicación de este misterio a su protectora, en cuya compañÃa no creÃa haber estado más de una hora, pero esta empezaba a desvanecerse confundiéndose con la niebla. No parecÃa ya más que la sombra pálida de una joven muerta de amor, mostrándose al fulgor de la luna a su amante infiel para reprocharle su conducta desleal.
—Esperad, Dama Blanca —exclamó el joven, animado por el éxito que habÃa obtenido en la gruta subterránea—, no podéis abandonarme con un arma de la que no sé servirme. Tenéis que enseñarme a leer este libro y a comprenderlo; sin esto, ¿para que me sirve?
Pero la Dama Blanca no era ya más que una ligera nube, semejante a las que la imaginación se complace en revestir de formas humanas. Cuando ya era completamente invisible, dijo:
—Sé perseverante en el trabajo, y Dios te ayudará.
La voz se extinguió, y la Dama Blanca desapareció por completo en las lejanÃas.