El Monasterio

El Monasterio

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—¿Creías, joven temerario, que el fuego que arde sobre este altar, iba a respetar a los mortales? Reduciría el bronce a polvo, y derretiría el oro y el diamante. Para dominar este elemento, se necesita circunspección, audacia y prudencia sin timidez. Esta llama solo respeta la confianza y la verdad.

Alberto quedóse un momento indeciso.

—Este libro —pensaba— permanece intacto en medio de las llamas: sin duda contiene la verdad. Mi brazo se ha quemado, y mi mano no ha sufrido daño alguno; probablemente se debe a que he tenido confianza en las llamas sagradas. Intentaré de nuevo.

Hechas estas reflexiones, extendió resueltamente el brazo en medio de las llamas y cogió el libro santo sin sentir la acción del fuego y hasta sin notar calor alguno. Asombrado y hasta asustado por el éxito, vio de pronto brotar del altar una llamarada luminosa que ascendió hasta la bóveda con más resplandor que antes, y, apagándose de pronto, dejó la gruta en completa obscuridad.

Alberto sintió la mano fría de su conductora que cogía la suya, y que comenzaba la ascensión con la misma velocidad con que había descendido a la gruta.

Al salir de las entrañas de la tierra, se encontraron de nuevo en el borde de la fuentecilla, en el agreste pasaje llamado Corri-nan-shian.


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