El Monasterio
El Monasterio «Toda la felicidad de ese fatuo son la música, el vino y la comida. Le fascinan la corte y sus esplendores, que son su elemento; y pasa la vida en dulce embriaguez».
(La Lady Magnética).
Cuando el abad se apartó de sus solícitos vasallos, el subprior creyó deber suyo compensar a tan buenas gentes de la negligencia de su superior, hablando afectuosamente a todos, especialmente a la señora Elspeth, a María y a Eduardo.
—¿Dónde está ese valiente Nemrod, el buen Alberto? —les preguntó—. Supongo que siguiendo el ejemplo de aquel monarca, no ha aprendido aún a dirigir contra el hombre sus armas de caza.
—No, gracias a Dios —contestó Elspeth—. Ha ido a dar una vuelta por el bosque a ver si puede cazar un venado, única causa que podía alejarlo de aquí en un día tan honroso para nosotros.
—¿Venado? —murmuró el padre Eustaquio a media voz—. Es un buen medio de conquistar al abad. Pero, perdonadme, buena señora —prosiguió en voz alta—, debo reunirme con el reverendo padre Bonifacio.
