El Monasterio

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CAPÍTULO XVII

«Yo encontraré quien me socorra. Según dicen, se agitan en torno nuestro espíritus invisibles que siempre están en vela; les obligaré a mostrarse a mí».

JAMES DUFF.

Alberto Glendinning habíase alejado de la torre de Glendearg inmediatamente después de haber disputado con sir Piercie Shafton, y caminaba con precipitación hacia el valle, seguido por Martín, que le suplicaba que refrenara sus ímpetus.

—No os haréis muy viejo —decía este último—, si os sofocáis tanto a la menor provocación.

—¿Y para qué necesito vivir mucho, si he de ser blanco de los insultos de los necios que me encuentre? ¿De qué os sirve a vos comer, beber y dormir todos los días? ¿Qué placer experimentáis todas las mañanas al despertaos, cuando el día os impone quehaceres penosos, o a la noche, cuando os retiráis a reposar sobre un duro jergón? ¿No sería preferible que os durmierais para no despertaos más, en vez de pasar sucesivamente del trabajo al aniquilamiento y del aniquilamiento al trabajo?

—¡Dios me ampare! Es cierto lo que me decís; pero, por favor, os ruego que andéis más despacio. Los viejos no pueden seguir a los jóvenes, y os diré por qué la vejez, aunque molesta, puede soportarse.


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