El Monasterio
El Monasterio El venado, humeante y oloroso, estaba sobre la mesa. El padre sumiller habÃa colocado muy respetuosamente una servilleta, blanca como la nieve, al cuello de su superior, y solo esperaba la llegada de sir Piercie Shafton para empezar a comer. Al fin, presentose el caballero, que llevaba un jubón de color escarlata de elegante corte, un sombrero ribeteado de oro y una cadena con rubÃes y topacios de gran valor al cuello, sin duda para justificar las inquietudes que habÃa experimentado ante el temor de perder su equipaje. La cadena era semejante a la que usaban los caballeros de la más alta nobleza, y sostenÃa un medallón, que le colgaba sobre el pecho.
—Estamos esperando al caballero sir Piercie Shafton para sentarnos a la mesa —dijo el prior arrellanándose en el sillón que el hermano sumiller se apresuró a presentarle.
—Pido perdón a vuestra reverencia, pero me he tomado más tiempo del necesario para cambiar mis vestidos de viaje y ponerme algo más presentable.
—Elogio vuestra galanterÃa y, sobre todo, vuestra prudencia, pues llevando puesta durante el viaje esa cadena, corrÃa el riesgo de no llegar aquÃ.
—¿Vuestra reverencia se ha fijado en mi cadena? Sobre este jubón parece una bagatela; pero tengo otro negro de terciopelo de Génova sobre el que brillan estos diamantes como estrellas a través de las nubes.