El Monasterio

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—Escuchadme, hermano: las palabras que pronunciáis durmiendo y los ensueños que tenéis despierto revelan que padecéis una obsesión creyendo ver doquiera fantasmas y seres sobrenaturales. Nuestro buen padre Eustaquio nos ha dicho que aunque no haya que dar crédito ligeramente a la existencia de tales espíritus, las Santas Escrituras nos autorizan a creer que hay seres de naturaleza diferente de la nuestra, seres que frecuentan los parajes desiertos, y bromean o juegan con las personas. Sabéis que ciertos parajes del valle no gozan de buena reputación, y no debéis volver a ellos a menos que permitáis que os acompañe, pues para hacer frente a un peligro de esta índole la presencia de ánimo vale más que la fortaleza y robustez del cuerpo. No es que tenga pretensiones de gran sabiduría, pero creo que puedo juzgar mejor que vos ciertas cosas.

Mientras escuchaba, Alberto, había experimentado deseos de abrir su corazón a Eduardo y de confesarle la causa de su aflicción; pero, como su hermano añadiera que el día siguiente era víspera de una gran fiesta, y que cuando hubiera concluido todo lo que tenía que hacer iría al monasterio para confesarse con el padre Eustaquio, guardó silencio.

—No puedo revelar la verdad —pensó—; me tomarían por un impostor. Me batiré, pues, con ese inglés, y veré si su espada está mejor templada y su brazo es más fuerte que el mío.


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