El Monasterio
El Monasterio «Se bate bastante bien; pero se advierte que le faltan conocimientos y le sobra coraje. Un rústico puede, sin embargo, aventajar a un maestro de esgrima».
(Comedia antigua).
La incierta luz del alba lanzaba sus primeros destellos cuando Alberto Glendinning abandonó el lecho; vistióse apresuradamente, ciñose la espada y tomó una ballesta como si fuera de caza; bajó a tientas la escalera de caracol, y abrió la puerta con el menor ruido posible. Al llegar al patio, contempló la torre en que su familia reposaba tranquila, y vio una mano que le hacía señales con un pañuelo.
Suponiendo que fuera su antagonista que le invitaba a esperarle, se detuvo; pero quedó extraordinariamente sorprendido al ver aparecer a María Avenel. Se conmovió como un culpable sorprendido en flagrante delito, y, por primera vez, la presencia de María le fue enojosa.
María Avenel preguntó a Glendinning a dónde iba, y el joven le mostró su arco.
—No, Alberto, no —protestó María—. Este subterfugio es indigno de vos, que no habéis mentido hasta ahora. Vais a batiros con el extranjero.
—Y ¿por qué había de batirme con nuestro huésped? —contestó ruborizándose.
—No debéis hacerlo, pero eso es lo que pensáis en este momento.
