El Monasterio

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CAPÍTULO XXI

«Se bate bastante bien; pero se advierte que le faltan conocimientos y le sobra coraje. Un rústico puede, sin embargo, aventajar a un maestro de esgrima».

(Comedia antigua).

La incierta luz del alba lanzaba sus primeros destellos cuando Alberto Glendinning abandonó el lecho; vistióse apresuradamente, ciñose la espada y tomó una ballesta como si fuera de caza; bajó a tientas la escalera de caracol, y abrió la puerta con el menor ruido posible. Al llegar al patio, contempló la torre en que su familia reposaba tranquila, y vio una mano que le hacía señales con un pañuelo.

Suponiendo que fuera su antagonista que le invitaba a esperarle, se detuvo; pero quedó extraordinariamente sorprendido al ver aparecer a María Avenel. Se conmovió como un culpable sorprendido en flagrante delito, y, por primera vez, la presencia de María le fue enojosa.

María Avenel preguntó a Glendinning a dónde iba, y el joven le mostró su arco.

—No, Alberto, no —protestó María—. Este subterfugio es indigno de vos, que no habéis mentido hasta ahora. Vais a batiros con el extranjero.

—Y ¿por qué había de batirme con nuestro huésped? —contestó ruborizándose.

—No debéis hacerlo, pero eso es lo que pensáis en este momento.


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