El Monasterio
El Monasterio «Sí; su vida se extinguió para siempre. Su cuerpo, pálido y ensangrentado, no volverá a ser objeto de amor ni de odio, y su corazón no será víctima de las pasiones. Mi mano ha sido la que ha hecho de este ser un montón de carne, de sangre, de podredumbre, en la que se cebarán los gusanos».
(Comedia antigua).
Entre los duelistas, hay muy pocos que pueden ver a su antagonista herido en tierra sin deplorar la imposibilidad en que se encuentran de rescatar, aun a costa de su propia sangre, la que acaban de derramar.
Alberto Glendinning fue presa del mayor espanto y terrible remordimiento al ver a sir Piercie Shafton tendido a sus pies sobre el césped y saliéndole del pecho la sangre a borbotones.
Arrojando lejos de sí el arma homicida, se arrodilló ante su infortunado adversario, lo levantó en sus brazos, e intentó inútilmente reanimarle.
El caballero inglés tuvo aún fuerzas para dirigirle algunas palabras, con la afectación que le era habitual y que ni en aquel momento desmintió.
