El Monasterio

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CAPÍTULO XXIII

«Cuando se calma el ardor del guerrero es cuando advierte que la herida le duele; y cuando cesa la fiebre de sus sentidos, le acusa la conciencia».

(Comedia antigua).

Aunque en aquella época la vida de un hombre no tenía gran importancia, Alberto Glendinning experimentaba pesares más amargos de los que hubiera experimentado cualquiera otro en su caso. Sus remordimientos no tenían aquella intensidad que suele residir únicamente en las almas guiadas por los severos principios de una religión más perfecta. Sin embargo eran vivos y agudos, tanto más cuanto que iban unidos al sentimiento de verse precisado a alejarse de María Avenel y de la torre de sus mayores.

Su anciano compañero de viaje, después de haber caminado algún tiempo en silencio a su lado, no pudo por menos de preguntarle por qué se encontraba tan abatido.

—Hijo mío —le dijo—, se asegura que el dolor no puede permanecer mudo y que necesita hablar o matar. Decidme, ¿por qué ese abatimiento tan profundo? Referid vuestras desdichas; quizá mi experiencia podrá dar algunos consejos a vuestra fogosa juventud.


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