El Monasterio
El Monasterio «Avanzaré con precaución porque sé que debo revestirme de prudencia y de valor, como si provocara a un león que se considera seguro en su madriguera».
(Comedia antigua).
Al salir del desfiladero que conducía a la orilla del lago, los viajeros divisaron el antiguo castillo de Avenel.
El anciano se detuvo, apoyó el brazo sobre su cayado, y contempló atentamente el espectáculo que tenía ante su vista.
El castillo, como hemos dicho, estaba casi en ruinas en muchos sitios; pero en otros parecía bastante sólido. Una columna de humo que salía de la chimenea, formando en el aire caprichosas espirales, revelaba que estaba habitado; pero no se veía ninguno de esos prados que ordinariamente hay cerca de las moradas de los nobles, aunque estos pertenezcan a una clase inferior. Ni cabañas, ni jardines, ni Iglesia, ni ganado en el valle, ni sobre las colinas señal de cultivo en el llano, ni trazas de faenas agrícolas, fruto de la industria y de la paz, se veían en parte alguna de la isla. Era evidente que los moradores del castillo feudal, cualquiera que fuese su número, debían considerarse como guarnición del castillo, y que sus medios de subsistencia no eran los que se usaban en tiempos apacibles.