El Monasterio

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CAPÍTULO XXV

«Cuando una mujer amante, luego de haber caído, ve la falsía del hombre…».

A Julián Avenel le sorprendió la conducta del piadoso extranjero.

—¡Dios me salve! —exclamó—. ¿También ayunan estos religiosos? Los antiguos no imponían abstinencias más que a nosotros, los laicos.

—Nosotros no reconocemos semejantes reglas —contestó el predicador—, pues no creemos que la fe consista en privarse de algunos alimentos en días determinados. Desgarramos nuestro corazón, pero no nuestros vestidos.

—Es mejor para nosotros y peor para el sastre. Entonces tomad asiento o si queréis damos una prueba de vuestra nueva doctrina, empezad la plática.

—Señor barón, me encuentro en tierra extraña donde ni mi misión, ni mi doctrina son conocidas, y donde ambas cosas son mal interpretadas. Mi deber es no hacer nada que pueda comprometer la dignidad de mi Maestro y no autorizar el pecado.

—Recordad que os han enviado aquí por vuestra seguridad y no para pronunciar sermones que me fastidian. Vamos, ¿qué queréis? Tened en cuenta que habláis con un hombre que tiene muy poca paciencia.

—Pues bien —dijo Enrique Warden—, esta señora…


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