El Monasterio
El Monasterio «El fallo es severo. A pesar de correr por mis venas la sangre ennoblecida por ilustres antepasados, voy a ser encerrado en esta fortaleza, para responder de un siervo vil que no posee ni medio escudo».
(Comedia antigua).
Mientras Eduardo, ardiendo en deseos de venganza, tomaba sus medidas para asegurar el castigo del supuesto asesino de su hermano, sir Piercie se confesaba, a pesar suyo, al padre Eustaquio, que le escuchaba atentamente.
La narración del caballero no era muy clara, pues el amor propio de este le inducía a suprimir o abreviar algunos detalles que hubieran sido indispensables para el esclarecimiento de los hechos.
—Sabéis, reverendo padre —dijo—, que ese joven rústico, en presencia vuestra, en la del reverendo abad, en la de la señorita Avenel, a quien llamo mi Discreción, y en la de otras varias personas, se atrevió a insultarme gravemente, por lo que mi enojo superó a mi orgullo, y le concedí el honor de batirme con él.
—Pero, caballero, omitís dos puntos muy importantes: primero, ¿por qué la vista del objeto que os mostró Alberto os ofendió tan profundamente, como todos notamos? Y, segundo, ¿cómo este joven, que no os conocía más que desde la víspera, ha podido encontrar el medio de impresionaros tanto?
