El Monasterio
El Monasterio Al intentar el padre Eustaquio salir de la habitación, el caballero le llamó para preguntarle cómo debía arreglarse para pernoctar en aquella sala y rogarle que diera órdenes de que le llevaran sus baúles, pues quería cambiar algunas prendas de su vestido[22].
—Sí, sí; os los traerán —contestó el padre Eustaquio—. La contemplación de sus vestidos y de sus joyas —añadió al bajar por la escalera— le consolará de su prisión y hasta quizá se la haga olvidar. Ahora, tengo una tarea mucho más interesante y más difícil que cumplir: la de consolar a una madre que llora la muerte de su primogénito.
Al llegar a la sala en que solía congregarse la familia, supo que María Avenel, gravemente indispuesta, se encontraba en cama. La viuda de Glendinning y Tibb estaban entregadas a su dolor al lado del fuego casi apagado y sin más luz que la de una pequeña lámpara de hierro, escasa de aceite. Elspeth tenía la cabeza cubierta con su delantal, pero oíanse los sollozos y los lamentos que le arrancaba la muerte de su hijo Alberto, imagen viviente de su inolvidable Simón, y sostén y consuelo de su ancianidad.
La fiel Tibb le hacía coro; pero los lamentos de esta eran más ruidosos, y salían mezclados con gritos de venganza.