El Monasterio
El Monasterio ¡Oh! No es posible que me deje aquí abandonada. Si así lo hiciera, ninguna muchacha tendría en lo sucesivo confianza en los hombres.
(Los dos nobles parientes).
Sir Piercie no permitió que su caballo dejara de galopar, hasta que hubo salido del pequeño valle de Glendearg y entrado en el del Tweed.
Al otro lado del río alzábase el monasterio de Santa María, cuyas torres y campanarios reflejaban apenas los primeros rayos del sol naciente.
El caballero dirigiose a la izquierda, costeó el río por la orilla septentrional, y llegó por fin a la esclusa.
Hasta entonces, sir Piercie había caminado hacia adelante sin saber a dónde se dirigía, pero la abadía le recordó que se encontraba en un lugar peligroso donde no debía permanecer más tiempo.
En aquel momento oyó sollozar a su libertadora, en quien las angustias de la fuga no le habían permitido pensar hasta entonces, y advirtió que tenía la cabeza apoyada sobre su espalda.
—¿Qué tenéis, generosa molinera? —le preguntó—. ¿Puede Piercie Shafton demostraros de algún modo su gratitud?
