El Monasterio
El Monasterio «Quizá no os equivocáis al llamarle ángel malo; pero me sorprenderÃa que lo fuese, pues jamás demonio alguno ha conducido a nadie por el camino de la felicidad».
(Comedia antigua).
Para que el lector se entere de lo que ocurrÃa entretanto en la torre de Glendearg, es preciso retroceder al momento en que MarÃa Avenel era transportada a la habitación que habÃan ocupado los hermanos Glendinning.
Tibb se esforzó en vano por calmarla, y el celo del padre Eustaquio habÃa sido también ineficaz, pues ni siquiera le habÃa oÃdo.
Libre al fin de entregarse por completo a su dolor, la desconsolada joven sufrÃa los tormentos que suelen sufrir los que, amando por primera vez, pierden el objeto de su amor antes de que el tiempo y las desgracias les hayan enseñado que la vida es una ininterrumpida serie de infortunios.
Comprender semejante dolor es más fácil que describirlo. La situación particular de MarÃa Avenel la habÃa persuadido de que era hija del destino, y su carácter melancólico y reflexivo hacÃa más profunda su aflicción. Una sepultura ensangrentada cubrÃa al joven a quien estaba unida en secreto, y la fuerza y el ardor de Alberto tenÃa mucha analogÃa con la energÃa de que ella misma se consideraba capaz.
