El Monasterio

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CAPITULO XXX

«Quizá no os equivocáis al llamarle ángel malo; pero me sorprendería que lo fuese, pues jamás demonio alguno ha conducido a nadie por el camino de la felicidad».

(Comedia antigua).

Para que el lector se entere de lo que ocurría entretanto en la torre de Glendearg, es preciso retroceder al momento en que María Avenel era transportada a la habitación que habían ocupado los hermanos Glendinning.

Tibb se esforzó en vano por calmarla, y el celo del padre Eustaquio había sido también ineficaz, pues ni siquiera le había oído.

Libre al fin de entregarse por completo a su dolor, la desconsolada joven sufría los tormentos que suelen sufrir los que, amando por primera vez, pierden el objeto de su amor antes de que el tiempo y las desgracias les hayan enseñado que la vida es una ininterrumpida serie de infortunios.

Comprender semejante dolor es más fácil que describirlo. La situación particular de María Avenel la había persuadido de que era hija del destino, y su carácter melancólico y reflexivo hacía más profunda su aflicción. Una sepultura ensangrentada cubría al joven a quien estaba unida en secreto, y la fuerza y el ardor de Alberto tenía mucha analogía con la energía de que ella misma se consideraba capaz.


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