El Monasterio
El Monasterio Pasada la primera emoción, María abismose en una profunda reflexión para calcular, como hacen los deudores arruinados, toda la extensión de su pérdida, y creyó que todos los lazos que la unían a la tierra acababan de romperse. Nunca había pensado en la posibilidad de una unión con Alberto, y, sin embargo, la supuesta muerte de su amigo le parecía la caída del único árbol que hubiera podido protegerla contra la tormenta. El amor maternal que le profesaba la señora Elspeth, y la ciega ternura de Tibb, eran ya los únicos sentimientos afectuosos que le quedaban en el mundo.
Entonces comprendió María Avenel el vacío que dejaba en su corazón la completa ignorancia en que la Iglesia de Roma tenía a sus hijos. Quiso recurrir a la oración, pero como no estaba acostumbrada a dirigirse mentalmente a Dios, solo pudo repetir algunas plegarias que le habían enseñado en una lengua que le era desconocida y en la que no encontraba alivio ni consuelo.
—¡No existe para mí ningún consuelo sobre la tierra —exclamó; pues hasta ignoro la manera de implorar el del Cielo!