El Monasterio
El Monasterio «Todo esto es tan confuso, como el ovillo que una calcetera ha dejado caer mientras duerme, y con el que un gato juega en el rincón de la cocina».
(Comedia antigua).
Eduardo hizo que ensillasen inmediatamente su caballo y el del subprior, y fue a dar las gracias a sus vecinos por el socorro que le habían prestado, y a notificarles su propósito de ponerse en marcha.
—¡Vaya un modo de cumplir los deberes de la hospitalidad! —dijo Dan de Howlet-hirst a sus compañeros, que habían quedado sorprendidos al oír a Eduardo—. Aunque todos los Glendinning del mundo se mueran y resuciten en un día, no volveré a molestarme por ellos.
Pero Martín los calmó sirviéndoles cerveza y la comida que se les había preparado, a pesar de lo cual se marcharon disgustados.
La noticia de que Alberto no había muerto súpose pronto en toda la casa. La madre lloraba y daba gracias a Dios alternativamente; pero, a medida que se iba tranquilizando, empezó a preocuparse de sus quehaceres domésticos.
—Es preciso componer las puertas —dijo—; en el estado en que se encuentran no sirven para nada.
Tibb declaró que siempre había puesto en duda que sir Piercie hubiese podido matar a un joven tan valiente y tan diestro como Alberto.
