El Monasterio
El Monasterio «Fácil le fue a ese joven loco pasar el río a nado, y, después, cuando se vio en la orilla, emprendió precipitadamente la fuga».
GIL MORRICE.
Alberto Glendinning, como el lector recordará, se había encaminado a Edimburgo. Su conversación con Enrique Warden por la ventana del calabozo había sido tan breve que no recordaba siquiera el nombre de la persona a quien debía entregar la carta que llevaba, y solo recordaba que debía encontrarlo avanzando hacia el Sur a la cabeza de un cuerpo de caballería. Cuando amaneció, se hallaba en la misma perplejidad, pues no había aprovechado bastante las lecciones del padre Eustaquio para poder leer las señas de la carta que le fue confiada.
Su buen sentido natural le hizo comprender que en aquellos tiempos peligrosos no debía pedir informes al primero que viera.
Cuando la noche le sorprendió cerca de una pequeña aldea, empezó a inquietarse por el resultado de su expedición.
