El Monasterio

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No me entusiasmaba la milicia, ni fui nunca pendenciero, ni los hechos heroicos de la historia de los héroes me interesaban mucho. En cuanto a valor, solo tenía, según he descubierto después, el indispensable; no tardé en advertir que, en un combate, es más peligroso huir que hacer frente al enemigo, y, como no tenía otro medio de villa que mi empleo, no quería exponerme a perderlo. El temerario valor de que he oído hablar a algunos, que, llegada la ocasión, no lo demostraban; esa audacia impaciente que corteja al peligro cual a una beldad, no ha llegado a entusiasmarme nunca, acaso porque a ello se oponga mi temperamento.

Tampoco deseaba llevar el uniforme rojo (deseo que, si no ha hecho algunos buenos soldados, no ha dejado de hacer muchos malos) y no hubiera dado un alfiler por disfrutar de la compañía de mujeres, aun habiendo en el pueblo un colegio cuyas alumnas eran condiscípulas mías una vez por semana en los ejercicios de Simón Lightfoot, que jamás me inspiraban otro sentimiento que el que experimentaba al ofrecer a mi pareja la naranja que mi tía me metía en el bolsillo para este fin, y que de mejor gana habría reservado para mí si me hubiera atrevido a ello. Además, el uniforme era para mí cosa tan extraña, que me costaba gran trabajo pasarle el cepillo antes de ir a la parada, y jamás olvidaré lo que mi coronel me dijo cierta mañana en que el rey debía revistar la brigada de que yo formaba parte:


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