Ivanhoe

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Un cortejo de pajes y de jóvenes doncellas seleccionadas entre las más hermosas, vestidas fantasiosamente con túnicas vistosas, verdes y rosas, rodeaban el trono decorado con los mismos colores. Un pendón, rodeado de gallardetes y banderolas con bordados representando corazones heridos, corazones en llamas, corazones sangrantes, arcos y flechas y todos los estereotipados emblemas que glosan el triunfo de Cupido, informaba a los espectadores que aquella plaza de honor estaba reservada a la reina de la belleza y del amor. Por el momento, nadie poseía el menor indicio que permitiera suponer el nombre de la hermosa dama que ocuparía el sitial en dicho día. Mientras tanto, los espectadores de toda condición se apresuraban a ocupar sus respectivos asientos, originándose más de una disputa para discernir cuál de ellos le correspondía. La mayoría eran acomodados por los centinelas con muy pocas contemplaciones, sirviendo los pomos de las espadas y los mangos de las hachas de combate como argumento para reducir a los más empecinados. Los espectadores de más rango eran obligados a guardar las buenas formas debido a los buenos oficios de William de Wyvil y Stephen de Martival, los cuales, armados de punta en blanco, ejercían las funciones de jueces de campo y recorrían sin cesar de arriba abajo la empalizada. Eran los encargados de guardar el orden.



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