Ivanhoe
Ivanhoe Se ponía el sol sobre uno de los hermosos espacios abiertos del bosque que hemos mencionado al principio del capítulo. Centenares de frondosas encinas, que habían sido testigos de la marcha de la soldadesca romana, extendían sus anchas ramas sobre una espesa alfombra de hierba de un color deliciosamente verde; en algunos lugares se confundían en un abrazo tan estrecho las hayas, los castaños y la maleza de diverso tipo, que llegaban a interceptar los horizontales rayos del sol poniente. A veces los árboles se separaban para formar intrincadas alamedas que eran una delicia para la vista, mientras que la imaginación las podía considerar como senderos que conducían a lugares todavía más silvestres de soledad boscana. Aquí y allí, los rayos del sol brillaban con una luz descolorida que hería parcialmente los musgosos troncos de los árboles y manchaba brillantemente el césped hacia el cual se había abierto camino. Un espacio abierto en el claro del bosque parecía haber sido dedicado antiguamente a los ritos de la superstición druida, porque en la cima de una colina, tan regular en su trazado que parecía artificial, todavía quedaba parte de un círculo de toscas piedras de grandes dimensiones. Siete se conservaban en pie, las restantes habían sido derrumbadas y apartadas de su sitio, probablemente como consecuencia del celo de algún convertido al cristianismo. Una de ellas había caído en la parte más baja y detenía el curso de un arroyuelo que corría suavemente al pie de la encina, produciendo un débil murmullo.