Ivanhoe
Ivanhoe —ConfÃo en que nos encontremos de nuevo —dijo el templario lanzando una mirada de odio a su antagonista— y en un lugar donde no haya nadie para separarnos.
—Si no es asÃ, la culpa no será mÃa —contestó el Desheredado. Y prosiguió—: A pie o a caballo, con lanza, hacha o espada, me da igual; estoy dispuesto a encontrarme contigo donde sea.
Más y más ásperas expresiones hubieran intercambiado, pero los mariscales, cruzando sus lanzas entre ellos, les obligaron a separarse. El Desheredado volvió a su primitivo lugar y Bois-Guilbert a su tienda, donde permaneció durante el resto del dÃa sufriendo la desesperación de su derrota.
Sin desmontar, el vencedor pidió una taza de vino y alzando la celada de su yelmo anunció que brindaba por «todos los ingleses de corazón y por la confusión de los tiranos extranjeros». Ordenó entonces al trompetero que tocara a desafÃo general y rogó a los heraldos que comunicaran a los restantes mantenedores que renunciaba a la previa elección y que lucharÃa con ellos en el orden que ellos mismos establecieran para enfrentársele.