Ivanhoe
Ivanhoe —Padre Abraham —dijo Isaac de York cuando se celebró el primer enfrentamiento del templario y el Desheredado—. ¡Con qué brÃo galopa este gentil! Cuida tan poco de su caballo, traÃdo de la lejana Barbaria, como lo harÃa con un garañón salvaje…, ¡y la noble armadura que tantos cequÃes le costó a Joseph Pareira, el armero de Milán sin contar el setenta por ciento de intereses! ¡Cuida tanto de ella como si se la hubiera encontrado tirada en mitad del camino!
—Si arriesga su persona, padre —dijo Rebeca—, difÃcilmente mirará por su caballo y por su armadura en tan mortal combate.
—No seas niña —replicó Isaac algo acalorado—. No sabes lo que dices…, su cuello y su pellejo bien suyos son, pero armadura y caballo pertenecen a… ¡Sagrado Jacob! Ya me iba de la lengua…, de todos modos es un buen mozo. ¡Mira, Rebeca! Está a punto de luchar de nuevo con el filisteo; reza, muchacha…, reza por la salud del buen mancebo y la del veloz caballo y la rica armadura. ¡Dios de mis padres! —exclamó otra vez—. ¡Ha vencido y el filisteo iracundo ha caÃdo ante su lanza del mismo modo que Og, rey de Bashan, y Shion, rey de los amoritas, cayeron ante la espada de nuestros antepasados! Es ya un hecho que el oro, la plata, los caballos de guerra y las armaduras de acero y bronce ya le pertenecen como bien ganado botÃn.