Ivanhoe

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Con sarcástica gravedad, sólo descompuesta de tarde en tarde por las señas que uno a otro se hacían, los caballeros normandos disfrutaban observando las rudas maneras de Cedric y Athelstane durante el banquete, a cuyas formas y ritos no estaban acostumbrados. Mientras sus modales eran sometidos a una impecable observación, los dos desavisados sajones transgredieron inadvertidamente algunas de las arbitrarias reglas establecidas para regular la sociedad. Hay que reconocer que cualquier hombre puede transgredir con impunidad cualquier regla moral o de buenas costumbres, pero no debe mostrar su ignorancia respecto al más mínimo gesto que impone el protocolo de moda. Por lo tanto, Cedric, que secaba sus manos con una toalla en vez de librarlas de la humedad agitándolas graciosamente en el aire, incurría más en el ridículo que su compañero Athelstane, el cual se metía en la boca un gran pastel confeccionado con las más delicadas exquisiteces importadas, llamado por aquel entonces «pastel de karum». Cuando al fin y al cabo, tras detenida observación, pudo averiguarse que el señor Coningsburgh (el franklin, como le apodaban los normandos) no tenía la menor idea de lo que había devorado y que creía que el relleno del pastel de karum era de pichones cuando en realidad consistía en becadas y ruiseñores, su ignorancia se hizo partícipe del ridículo que su glotonería merecía con más justicia.


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