Ivanhoe
Ivanhoe —¡Perro judÃo! —dijo Athelstane, que gozaba de un prodigiosa memoria y de una naturaleza tan mezquina que recordaba toda clase de ofensas—. ¿Acaso olvidaste tu porte insolente en las gradas del torneo? Huye, pelea o compórtate con los bandidos del mismo modo que lo hiciste en las gradas del palenque. No nos pidas ayuda ni compañÃa, y si los bandidos sólo roban a la gente de tu calaña, que por otra parte a todo el mundo roba, a partir de este momento yo les tendré por gente honrada.
Cedric desaprobó las severas frases de su compañero.
—Mejor fuera —dijo— prestarles dos de nuestros criados con sus respectivas monturas para que les condujeran al próximo pueblo. En poco disminuirán nuestras fuerzas y con vuestra poderosa espada, noble Athelstane, y la ayuda de los restantes servidores no será difÃcil hacer frente a veinte de estos forajidos.