Ivanhoe
Ivanhoe —Llevo una dieta de bien poco lujo y me asombra, noble Cedric, que conservéis tan llena la memoria de hazañas pasadas, cuando parece que olvidáis la misma hora de comer.
—Es tiempo perdido —murmuró Cedric con impaciencia—. ¡De nada se le puede hablar excepto de lo que su apetito concierne! El alma de Hardicanuto se ha apoderado de él y no encuentra más placer que engullendo, tragando y pidiendo más. ¡Ay! —dijo, mirando a Athelstane con compasión—. ¡Que un espÃritu tan estúpido se aloje en cuerpo tan fuerte! ¡Ay! ¡Que una empresa tan importante como la recuperación de Inglaterra tenga que girar sobre eje tan imperfecto! Casado con Rowena, quizá despierte la parte más noble y generosa de su alma. Pero ¿cómo será posible si Rowena, Athelstane y yo mismo somos prisioneros de este brutal merodeador y lo somos, quizá, porque ha intuido los peligros que nuestra libertad le puede acarrear al dominio usurpado de este paÃs?
Mientras el sajón estaba enfrascado en estas dolorosas reflexiones, se abrió la puerta y entró un intendente que sostenÃa una vara blanca, sÃmbolo de su oficio. Avanzó con paso ceremonioso, seguido de cuatro criados portadores de una mesa con alimentos, el olor y la vista de los cuales compensaron a Athelstane de todas las penalidades sufridas. Las personas que atendÃan el festÃn iban provistas de máscaras y capas.