Ivanhoe
Ivanhoe —¡Sagrado Abraham! —contestó el judÃo, recobrando la voz al darse cuenta del peligro que corrÃa—. ¿Quién ha oÃdo eso jamás? ¿Quién, ni aun en las fábulas de los trovadores, habrá oÃdo nombrar una suma de mil libras de plata? ¿Qué ojos humanos vieron la bendición de tal tesoro? Ni en la ciudad de York, después de haber saqueado mi casa y las de mi tribu, hallaréis la décima parte de la suma a que os habéis referido.
—Soy hombre razonable —dijo Front-de-Boeuf—. Si la plata escasea, no rehusaré el oro. A razón de un marco de oro por cada seis libras de plata podrás librar a tu descreÃdo esqueleto de aquellas penas que jamás pudiste concebir.
—Tened compasión de mÃ, noble caballero —imploró Isaac—. Soy viejo, pobre y desvalido. No servirÃa de nada atropellarme. Pobre hazaña es la de pisotear un gusano.
—Viejo puede que sà lo seas —replicó el caballero—, para vergüenza de los locos que han permitido que tus cabellos se tornaran grises dedicado tú a la usura y el latrocinio. Puede que seas débil porque, ¿cuándo ha tenido un judÃo ni manos ni corazón? Pero es bien sabido que rico sà lo eres.
—Os juro, noble caballero —dijo el judÃo—, por todas mis creencias y por todas las que tenemos en común…