Ivanhoe
Ivanhoe —Cedric —contestó Ulrica—, poco conoces al corazón humano. Obrar como yo he obrado y pensar como yo lo hice requiere, además de cierto placer asà como los propios gustos sean satisfechos, una indudable hambre de venganza y altiva consciencia del propio poder. Ya sé que éstas son drogas demasiado malignas para la naturaleza humana. La fuerza se ha extinguido. La vejez no dispone de placeres; las arrugas no saben nada de la piedad; incluso la venganza se pierde en impotentes maldiciones. ¡Entonces llegan los remordimientos con todo su veneno, mezclados con la añoranza de las glorias pasadas y toda la desesperación de las horas futuras! Entonces, cuando todos los demás impulsos poderosos han dejado de actuar, nos volvemos igual que demonios en el infierno, los cuales pueden sentir remordimientos pero nunca arrepentimiento. ¡Sin embargo, tus palabras han despertado en mà un nuevo ser! ¡Hablaste justamente cuando dijiste que nada es imposible para quien sabe y se atreve a morir! ¡Me has mostrado los caminos de la venganza y puedes estar bien seguro que los recorreré! Ya la venganza ha competido en mi pecho con otros sentimientos rivales. De ahora en adelante no tendrá competencia, me poseerá toda entera y tú mismo habrás de reconocer que, fuera cual fuera la vida que llevará Ulrica, su muerte será digna de la hija del noble Torquil. Hay gentes asediando este castillo, apresúrate a conducirlas al ataque, y cuando veas una bandera roja ondeando en el ángulo oriental de la torre de homenaje, intensifica el ataque contra los normandos. Estarán demasiado ocupados y podréis ganar las murallas a pesar de los arcos y las catapultas. Vete, te lo ruego, sigue tu destino y abandóname al mÃo.