Ivanhoe
Ivanhoe No sabemos si lady Rowena hubiera quedado muy satisfecha con la mirada cargada de emoción con que su amado caballero acababa de observar las hermosas facciones y esbeltas formas de la bella Rebeca; aquellos mismos ojos cuya brillantez era sombreada y, en cierto modo, quedaban endulzados por las sedosas pestañas, que un trovador hubiera podido comparar a la estrella del crepúsculo lanzando sus dardos luminosos a través de unas ramas de jazmín. Pero Ivanhoe era demasiado buen católico para fijarse demasiado en una judía. Esto lo había previsto Rebeca y por ello se había apresurado a mencionar el nombre y el linaje de su padre; sin embargo, ya que la bella y prudente hija de Isaac poseía como es lógico cierta debilidad femenina, suspiró interiormente complacida por la mirada de respetuosa admiración y ternura de Ivanhoe. De pronto, ésta le transformó en una fría, educada y reservada inspección, que no denotaba más sentimientos que los de la gratitud por las atenciones recibidas de quien menos las esperaba. Esto no quiere decir que el ulterior comportamiento de Ivanhoe expresara algo más que el devoto homenaje que la juventud rinde a la hermosura; pero no dejaba de ser mortificante que una simple palabra cambiara el curso de las cosas, dejando a Rebeca en una situación incómoda, propia de unas gentes degradadas a las cuales no se podía rendir homenaje alguno.