Ivanhoe
Ivanhoe —Cualquiera de estos albergues —dijo Rebeca con una sonrisa melancólica— serÃa incuestionablemente más conveniente para vos que el miserable cobijo de un despreciado judÃo; a pesar de ello, señor caballero, a no ser que despreciéis a vuestro médico, no podéis cambiar de refugio. Nuestro pueblo, como bien sabéis, es más diestro en curar las heridas que en producirlas, y en nuestra familia disponemos de secretos que nos han llegado a través de los tiempos, heredados del mismo Salomón, y de los cuales ya habéis podido juzgar los méritos. No, nazareno…, perdón, señor caballero, ningún médico que se encuentre entre los siete mares de Inglaterra hará que vistáis vuestro corselete antes de un mes.
—¿Y cuánto tiempo necesitas tú? —dijo Ivanhoe con impaciencia.
—Ocho dÃas, si sois paciente y seguÃs mis instrucciones —replicó Rebeca.
—Por Nuestra Señora bendita —dijo Wilfred—, si no es pecado el nombrarla en este lugar, no es el momento para mà ni para ningún fiel caballero de estarse inactivo; y si cumples tu promesa, doncella, te recompensaré con mi casco lleno de coronas, vengan de donde vengan.