Ivanhoe
Ivanhoe Una puerta lateral, situada cerca de la presidencia del banquete, se abrió y Rowena, seguida de cuatro camareras, hizo su entrada en el salón. Cedric, aunque sorprendido y es probable que no agradablemente, de que su pupila apareciera en público en tal ocasión, se apresuró a salir a su encuentro y la condujo ceremoniosamente hacia el elevado asiento que estaba a su derecha, que pertenecía por derecho a la señora de la casa. Todos se incorporaron para recibirla y la joven dama correspondió a la cortesía con un gesto de saludo. Después avanzó para ocupar su sitio en la mesa. Antes de que pudiera acabar de hacerlo, el templario musitó al oído del prior:
—No seré yo el que lleve vuestro collar de oro en el torneo, vuestro es el vino de Quíos.
—¿Acaso no os lo predije? —contestó el prior—. Pero conteneos, el hidalgo os está observando.
Haciendo caso omiso de esta advertencia y acostumbrado a actuar solamente bajo el primer impulso que sus deseos le dictaban, Brian de Bois-Guilbert mantuvo fijos los ojos en la belleza sajona que quizá excitaba aún más su indignación debido a la gran diferencia existente entre ella y las sultanas orientales. Disfrutando de las proporciones que poseen las mejores bellezas de su sexo, Rowena era alta pero no tanto como para llamar la atención.