Ivanhoe
Ivanhoe Cuando Rowena se apercibió de que el caballero templario había fijado su mirada en ella con un ardor que resaltaba desde las oscuras cuencas de sus ojos, que daban la impresión de ser carbones encendidos, colocó el velo ante su cara como para demostrar que aquella mirada desvergonzada no era de su agrado. Cedric se dio cuenta de este movimiento y de lo que lo había motivado.
—Señor templario —dijo—, las mejillas de las doncellas sajonas han sufrido poco los rayos del sol como para poder soportar las miradas ardientes de un cruzado.
—Si he faltado —replicó sir Brian—, pido perdón… Es decir, imploro el perdón a lady Rowena…, mi humildad no da más de sí.
—Lady Rowena —dijo el prior— nos contagia a todos dando su merecido a la desenvoltura de mi amigo. Esperemos que no sea tan cruel para con los magníficos caballeros que han de acudir al torneo.
—No es seguro que nosotros acudamos —dijo Cedric—; no soy amante de estas vanidades que no se estilaban en tiempos de mis antepasados, cuando Inglaterra era un país libre.
—Esperemos de todos modos —replicó el prior— que el poder viajar en nuestra compañía os decida a ir; cuando los caminos son tan inseguros, la protección de Brian de Bois-Guilbert no es de despreciar.