Ivanhoe
Ivanhoe —Esto es un sueño —dijo Rebeca—, una visión nocturna sin contenido. Y aunque fuera una patente realidad, no me interesa. Basta que sepas que el poder que pudieras conseguir nunca lo compartirÃa contigo; ni tengo en tan poca estima a este paÃs ni a mi religión como para sentir aprecio por aquél que desea malvender los lazos de esta fe y deshacer los vÃnculos que a ella la unen bajo juramento con el único objeto de satisfacer la pasión desordenada que siente por la hija de otro pueblo. No pongas precio a mi libertad, señor caballero. No vendas una hazaña generosa, protege al oprimido únicamente por caridad y no para obtener un provecho egoÃsta. Acude al trono de Inglaterra; Ricardo escuchará mi alegato contra estos hombres crueles.
—¡Nunca, Rebeca! —exclamó el templario con altivez—. Si renuncio a mi Orden, será por ti únicamente. Si rehúsas mi amor, todavÃa me queda la ambición; no me veré defraudado por todos los costados. ¿Humillarme ante Ricardo? ¿Pedirle un favor a aquel corazón orgulloso? Nunca, Rebeca, pondré a sus pies a la Orden del Temple encarnada en mi persona. Puedo dejar la Orden, pero nunca la envileceré ni la traicionaré.
—Entonces, que Dios me asista —dijo Rebeca—, ya que casi no hay esperanzas de que lo hagan los hombres.