Ivanhoe
Ivanhoe —Os ruego, reverendo padre —dijo Ivanhoe—, que hagáis preparar a Malkin al momento, mientras indicáis a Gurth que venga con mis armas.
—Permitidme que os recuerde, buen caballero —dijo el prior—, que Malkin tiene tan poca disposición para las armas como su dueño, y que no garantizo que soporte la vista o el peso de vuestro equipo completo. Malkin es una bestia de buen juicio y protestará contra cualquier peso excesivo. Una vez le pedà prestado al cura de san Bees, el grueso volumen De Fructus Temporum, y os prometo que no se movió de la puerta hasta que no cambié el pesado libro por mi breviario.
—Creedme, santo padre —dijo Ivanhoe—. No la cargaré con demasiado peso y si tiene ganas de armar camorra conmigo lleva todas las de perder.
Esto dijo, mientras Gurth ceñÃa a los tobillos del caballero un par de espuelas doradas, capaces de convencer al caballo más testarudo. Era la mejor razón para someterse a los deseos de su jinete.
Las afiladas puntas de las espuelas con que los tobillos de Ivanhoe estaban ahora armados, provocaron el arrepentimiento del buen prior, que dijo: