Ivanhoe
Ivanhoe Ivanhoe, que tenÃa otra tela en el telar que no era la de acompasar el paso de su palafrén al de su dueño, prestaba oÃdos sordos a los graves consejos del prior y a sus graciosas ocurrencias. Mandó a su escudero (porqué asà se calificaba Gurth a sà mismo) que se mantuviera a su flanco, y después siguió el rastro del Caballero Negro a través del bosque, mientras el prior quedaba rezagado, mirándole y exclamando:
—¡Santa MarÃa! ¡Cuán decididos y fieros son estos varones guerreros! Quisiera no haberle confiado a Malkin, porque atosigado como estoy por el reúma, si le pasa algo malo estoy listo. Y sin embargo —añadió volviendo en s×, ya que tampoco yo hubiera regateado a mis pobres miembros enfermos y viejos la ayuda a la noble causa de la vieja Inglaterra, bueno será que Malkin tome parte en los azares de esta aventura; quizá consideren que nuestra pobre casa merece algún galardón. O también pudiera ser que le regalaran al anciano prior un jaco de buena andadura. Y si no hacen ninguna de las dos cosas, ya que los grandes hombres acostumbran a olvidar los servicios de los humildes, me consideraré bien pagado por haber participado en la heroica gesta. Ha llegado la hora de congregar a los hermanos en el refectorio para desayunar. ¡Ah! Creo que obedecen con más prontitud a esta llamada que a la de maitines y vÃsperas.