Ivanhoe

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Naturalmente, también habían acudido mendigos y soldados de a pie de regreso de Palestina (por su cuenta y riesgo, claro está). Los buhoneros desplegaban sus mercancías, los afiladores errantes ofrecían sus servicios y buscaban trabajo, y peregrinos, clérigos incultos, juglares sajones y bardos galeses musitaban sus plegarias y conseguían extraer de sus arpas, violas y bandurrias algunos desafinados cantos fúnebres. Uno entonaba las alabanzas de Athelstane en un doloroso panegírico; el otro enumeraba, con un poema sajón, los nombres de difícil pronunciación de su árbol genealógico. No faltaban los bufones y juglares, pues tampoco la causa de la reunión hacía impropio o indecoroso el ejercicio de su profesión. En verdad, las ideas de los sajones sobre este particular eran tan naturales como rústicas. Si las penas tenían sed, había bebida; si tenían hambre, había comida; si procedían de un corazón entristecido, aquí estaban los medios para divertirle o, por lo menos, entretenerle. Tampoco desdeñaban los asistentes el echar mano de tales recursos de consuelo, aunque de tanto en cuanto, como si recordaran de repente la causa qué les había reunido, los hombres empezaban a gemir al unísono, mientras las mujeres, que habían acudido en gran número, elevaban sus voces y chillaban con verdadera aflicción.



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