Ivanhoe
Ivanhoe —Que sea el diablo si quiere —dijo Athelstane—. Afortunadamente no dio en el blanco y al acercarme para luchar con él, se encomendó a los tobillos y escapó a todo correr. No descuidé de librar los mÃos utilizando la llave del candado que, entre otras, colgaba del cinturón del sacristán, y tuve pensamientos de saltarle los sesos al bellaco con el manojo de llaves, pero me acordé del pastel y de la jarra de vino y me dejé ganar por la gratitud hacia el pillo que de este modo habÃa aliviado mi cautiverio. Por tanto, después de propinarle un par de coces con todo mi corazón, le dejé allà tumbado, cogà un poco de carne asada y un pellejo de vino con el cual los dos venerables hermanos se habÃan estado regalando y fui al establo, donde encontré, en una cuadra privada, a mi propio caballo, el mejor de los que tengo, el cual sin duda habÃa sido destinado al uso particular del abad. Me dirigà hacia aquà a la máxima velocidad que la bestia podÃa resistir; todos los hombres nacidos de mujer huÃan de mà por allà donde pasaba, tomándome por un espectro, con más motivo porque me habÃa cubierto la cabeza con la caperuza mortuoria. No hubiera conseguido que me admitieran en mi propio castillo de no haber alegado que era el ayudante de un juglar que divierte a la gente en el patio, y más si tenemos en consideración que se han reunido para llorar la muerte de su señor. DecÃa que el mayordomo creyó que iba vestido para representar algún papel en alguna parodia de tragedia, y por eso me dejó pasar y no hice más que descubrirme ante mi madre y tomar un bocado apresuradamente antes de venir a vuestro encuentro, mi noble amigo.