Quintín Durward
Quintín Durward El caminante
El mundo es mi ostra, que abro con la espada.
Ancient Pistol.
En una deliciosa mañana de verano, y antes de que el sol recobrase su poder de abrasar, y mientras las gotas de rocío refrescaban y perfumaban el ambiente, un joven que procedía del Nordeste se aproximaba al vado de un pequeño río, o más bien arroyo grande, tributario del Cher, cerca del castillo real de Plessis-les-Tours, cuyas murallas obscuras y almenadas destacaban en el fondo del paisaje del extenso bosque que las rodeaba. Este arbolado constituía un parque real o terreno de caza, cercado por una tapia, denominada en el latín de la Edad Media Plexitium, que da el nombre de Plessis a tantas aldeas de Francia. El castillo y la aldea a los que ahora nos referimos se llamaban Plessis-les-Tours para distinguirlo de otros, y estaba construido a unas dos millas al sudoeste de la bella población de ese nombre, la capital de la antigua Turena, cuyo rico llano había sido denominado el Jardín de Francia.
En la orilla del mencionado arroyo, opuesta a la que se acercaba el viajero, dos hombres, que sostenían animada conversación, parecían, de vez en cuando, vigilar sus movimientos, ya que por su situación, mucho más elevada, podían verle a considerable distancia.