Quintín Durward
Quintín Durward Los quehaceres y aventuras podía decirse que se precipitaban sobre el joven escocés con la fuerza de una marea equinoccial, pues de nuevo fue llamado a la habitación de su capitán, lord Crawford, en la que, con gran asombro suyo, se encontró otra vez con el rey. Después de unas pocas palabras relativas a la confianza que podía depositarse en él, las que hicieron temer a Quintín que pudieran proponerle una guardia semejante a la que había hecho cerca de la persona del conde de Crèvecoeur, o quizá algún deber aún más repugnante a sus sentimientos, no sólo vio desaparecer sus temores, sino que se alegró mucho al oír que había sido escogido, con la ayuda de otros cuatro hombres a sus órdenes, uno de los cuales actuaría de guía, para escoltar a las damas de Croye a la pequeña Corte de su pariente el obispo de Lieja de la manera más cómoda y segura posible, y al mismo tiempo más en secreto. Se le entregó un rollo de pergamino en el que figuraban escritas instrucciones para el viaje relativas a los sitios de parada (escogidos, generalmente, en aldeas sin importancia, monasterios solitarios y sitios apartados de las poblaciones) y a las precauciones generales a que debía atenerse, especialmente al aproximarse a la frontera de Borgoña. Le dieron también instrucciones sobre lo que debía decir y hacer para aparentar ser el mayordomo de dos damas inglesas de rango que habían estado en peregrinación en San Martín de Tours y se disponían a visitar la santa ciudad de Colonia y a adorar las reliquias de los sabios monarcas de Oriente que vinieron a adorar al Niño Dios en el portal de Belén, pues bajo tal apariencia debían viajar las damas de Croye.