QuintÃn Durward
QuintÃn Durward QuintÃn no era completamente de su misma opinión; pues aunque conocÃa que el bohemio era peligroso, pensó en utilizar sus servicios como guÃa y, al mismo tiempo, frustrar su proyectada traición, ya que sabÃa claramente a lo que tendÃa. Pero su ansiedad sobre el asunto tuvo pronto fin, pues la pequeña comitiva no estaba a cien metros del monasterio y del pueblo cuando Hayraddin se les reunió, montando, como acostumbraba, su jaca montaraz. Caminaban al lado del mismo arroyo donde QuintÃn escuchó la misteriosa conferencia de la noche precedente. No hacÃa mucho tiempo que Hayraddin se les habÃa reunido cuando pasaron bajo el sauce llorón que proporcionó a Durward el medio para ocultarse cuando se constituyó en insospechado oyente de lo que pasaba entre el falso guÃa y el lanzknecht.
Los recuerdos del lugar donde se hallaban hicieron a QuintÃn entrar bruscamente en conversación con el guÃa, quien hasta entonces apenas habÃa hablado.
—¿Dónde encontraste cuarto, impÃo? —dijo el escocés.
—Su sabidurÃa lo puede averiguar si mira mi cuerpo —respondió el bohemio señalando su traje, que estaba cubierto con semillas de heno.
—Un montón de heno —dijo QuintÃn— es una cama conveniente para un astrólogo, y mucho mejor de lo que un impÃo burlón de nuestra santa religión y sus ministros se merece.