QuintÃn Durward
QuintÃn Durward QuintÃn se arrodilló, como era su deber, para recibir la bendición episcopal.
—Ustedes —prosiguió el bondadoso prelado residirán aquà con mi hermana Isabel, canonesa de Thiers, y con quien habitarán con toda clase de honores, aunque sea bajo el techo de un solterón tan alegre como el obispo de Lieja.
Asà que hubo concluido su discurso, condujo galantemente a las señoras al departamento de su hermana, y el intendente, un empleado que, habiéndose ordenado de diácono, tenÃa un carácter entre secular y eclesiástico, alojó a QuintÃn como su dueño le habÃa encargado, mientras que los otros personajes del séquito de las damas de Croye fueron conducidos a habitaciones inferiores.
En este arreglo, QuintÃn no pudo dejar de observar que la presencia del bohemio, tan rechazada en los conventos del trayecto, no parecÃa ser objeto de ninguna objeción ni repulsa en la residencia de este opulento y, podrÃamos decir, mundano obispo.