Quintín Durward

Quintín Durward

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Capítulo XXIX

Recriminación

Tu tiempo no ha concluido aún,

el diablo a quien sirves aún no te ha abandonado.

Ayuda a los amigos que se afanan por él,

como el hombre ciego fue ayudado por el guía,

que prestó su hombro sobre caminos buenos y malos

hasta que llegó al borde del precipicio,

y entonces le arrojó al vacío.

Antigua Comedia.

Obedeciendo el mandato, o más bien la súplica, de Luis —pues estaba éste en circunstancias en que, aunque monarca, sólo podía rogar a Le Glorieux que fuese en busca de Martins Galeotti—, el bufón no encontró dificultad alguna para realizar su comisión, dirigiéndose, desde luego, a la mejor taberna de Peronne, de la que él mismo era casi parroquiano, ya que era un gran admirador de esa especie de licor que reducía los cerebros de los demás hombres al nivel del suyo.

Encontró, o más bien vio, al astrólogo en un rincón del salón público de beber —estufa, como es llamado en Alemania y Flandes, del principal mueble que tiene—, sentado, en coloquio íntimo con una hembra en traje singular, de estilo morisco o asiático, la que, cuando Le Glorieux se acercó a Martins, se levantó como disponiéndose a partir.


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