QuintÃn Durward
QuintÃn Durward —No lo haga cuestión cerrada, Crèvecoeur —dijo el anciano lord riendo—; se dice que hasta las montañas se pueden encontrar, ¿y por qué no criaturas mortales que poseen piernas y vida y amor para poner esas piernas en movimiento? Aquel beso, Crèvecoeur, parecÃa muy tierno.
—Se esfuerza de nuevo en alterar mi paciencia —dijo Crèvecoeur—, pero no se saldrán con la suya. ¡Escuche! Citan a asamblea en el castillo; una reunión temible, de la que sólo Dios sabe lo que resultará.
Puedo predecir respecto a ese resultado —dijo el viejo lord escocés—, que si se violenta la persona del rey, aunque somos pocos sus amigos y rodeados de sus enemigos, no caerá solo ni sin ser vengado; y aseguro que sólo sus órdenes terminantes me han impedido tomar medidas para estar prevenido contra ese resultado.
—Lord Crawford —dijo el borgoñés—, el anticiparse a semejante peligro es la manera segura de dar ocasión a él. Obedezca las órdenes de su real amo y no dé pretexto para violencia presumiendo una ofensa anticipada, y encontrará que transcurrirá el dÃa más tranquilamente de lo que ahora presume.