Quintín Durward

Quintín Durward

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—¡Entonces pásalo bien! —dijo el criminal—. No obstante, quédate, quédate; no quiero morir de una manera descortés, olvidando la comisión de una dama. Esta esquela es de la muy tonta señora del Jabalí salvaje de las Ardenas, para su sobrina. Y una palabra más: olvidé de decirte que en el forro de mi silla de montar encontrarás una buena bolsa llena de piezas de oro, por la que arriesgué mi vida en la aventura que me ha costado tan cara. Tómala y te resarcirás de sobra de los florines entregados a estos esclavos sanguinarios; te hago mi heredero.

—Los emplearé en buenas obras y en misas por la salvación de tu alma —dijo Quintín.

—No nombres esa palabra de nuevo —dijo Hayraddin, adoptando su rostro una expresión angustiosa—; no hay, no puede haber, no habrá semejante cosa; ¡es un sueño de los curas!

—¡Desgraciado, qué ser más desgraciado! ¡Piensa mejor! Deja que envíe de prisa por un sacerdote; estos hombres aguardarán aún un poco más; los sobornaré de nuevo —dijo Quintín—. ¿Qué puedes conseguir muriendo con tales ideas e impenitente?


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