QuintÃn Durward
QuintÃn Durward ¡Buscar su libertad en una hosterÃa!
Para estas novias, indudablemente, una exposición de las circunstancias de publicidad con las que una boda en el siglo XV era siempre celebrada, debe resultar en extremo desagradable. Isabel de Croye serÃa clasificada, a juicio de ellas, en nivel inferior a la doncella que ordeña y hace los menesteres más humildes; pues aun ésta, en el pórtico de la iglesia, rechazarÃa la mano de su novio zapatero si éste propusiese faire des noces[89], como dicen los parisienses, en vez de marchar en lo alto de la diligencia a pasar de incógnito la luna de miel en Deptford o Greenwich. No hablaré, por tanto, más de este asunto, y me zafaré de la boda, como Ariosto de la de Angélica, dejando a quienquiera el añadir más detalles según le sugiera su propia imaginación.
Algún bardo mejor, cantará como en el estado feudal.
El castillo de Braquemont abrió su puerta gótica
cuando su adorable heredera otorgó
al escocés errante su belleza y un condado[90].