Robin Hood
Robin Hood En seguida apareció un robusto campesino vestido de guardabosque, atravesó la sala, y salió sin echar siquiera una mirada de curiosidad a los recién llegados; luego, una linda mujer, de apenas treinta años, vino a ofrecer sus dos manos y su frente a los besos de Ritson.
—¡Querida Margarita! ¡Querida hermana! —gritaba éste acariciándola mientras la contemplaba con una cándida mezcla de admiración y sorpresa—. No has cambiado, tu frente es tan pura, tus ojos tan brillantes, tan rosadas tus mejillas y tus labios como en los tiempos en que nuestro buen Gilbert te cortejaba.
—Es que soy feliz —respondió Margarita dirigiendo una tierna mirada a su marido.
—Puedes decir: somos felices, Maggie -añadió el honrado guardabosque-. Gracias a tu alegre carácter no ha habido todavía ni enfados ni querellas en nuestra casa. Pero ya hemos hablado bastante de ello; ocupémonos de nuestros huéspedes… ¡Bueno! querido cuñado, quítate la capa; y vos, micer caballero, deshaceos de esa lluvia que impregna vuestros vestidos, como el rocío de la mañana sobre las hojas. Cenaremos enseguida. Maggie, deprisa, pon uno o dos haces de leña en la chimenea, coloca sobre la mesa los mejores platos y en las camas las más blancas sábanas que tengas; deprisa.