Robin Hood

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Mientras que la diligente joven obedecía a su marido, Ritson se desprendió de su capa y descubrió a un precioso niño envuelto en un manto de cachemira azul. La cara redonda, fresca y encarnada de aquel niño de apenas quince meses, anunciaba una salud perfecta y una robusta constitución.

Una vez que hubo arreglado cuidadosamente los pliegues del tocado de aquel bebé, Ritson colocó su pequeña y linda cabeza bajo un rayo de luz que hizo resurguir toda su belleza, y llamó dulcemente a su hermana.

Margarita acudió.

—Maggie —le dijo—, tengo un regalo para ti, para que no puedas acusarme de haber venido a verte con las manos vacías después de ocho años de ausencia…, toma, mira lo que te traigo.

—¡Santa María! —gritó la joven juntando sus manos—. ¡Santa María, un niño! Ronald, ¿es tuyo este angelito tan maravilloso? ¡Gilbert, Gilbert, ven a ver que niño más encantador!

—¡Un niño! ¡Un niño en brazos de Ritson! —Y lejos de entusiasmarse como su mujer, Gilbert lanzó una severa mirada a su pariente—, ¿Qué significa todo esto? ¿Por qué has venido aquí? ¿Qué historia es esa del bebé? Vamos, habla, sé sincero, quiero saberlo todo.


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