Robin Hood

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Capítulo VIII

Habíamos dejado a Robín en la capilla; permanecía escondido tras una columna y se preguntaba por qué feliz concurso de circunstancias afortunadas había podido Allan recobrar su libertad.

«Es Maude, la gentil Maude, sin duda alguna, la que ha hecho esta jugada al barón —pensaba Robín—, ¡y a fe mía! si continúa abriéndonos así todas las puertas del castillo le prometo un millón de besos».

—Una vez más, querida Christabel —decía Allan llevando a sus labios las manos de la joven—, he tenido la dicha, tras dos años de separación, de olvidar junto a vos todo lo que he sufrido.

—Allan, el cielo es testigo de que si en mi mano estuviese el hacer vuestra felicidad, seríais dichoso.

—¡Algún día lo seré! —exclamó Allan con arrebato—. Dios consentirá lo que queréis.

—Querida Christabel —continuó Allan—, ¿cómo pudisteis descubrir el calabozo en el que estaba encerrado? ¿quién me abrió la puerta? ¿quién me consiguió este hábito de monje? No pude descubrir a mi salvador en la oscuridad. Únicamente me dijeron en voz baja: «Id a la capilla».

—Sólo hay una persona en el castillo en la que pueda confiar: una joven tan buena como ingeniosa, Maude, mi camarera. Es a ella a la que debemos vuestra evasión.

«Estaba seguro», murmuró Robín.


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