Robin Hood
Robin Hood —Cuando mi padre, después de habernos separado tan violentamente, os arrojó a un calabozo, Maude, sufriendo al ver mi desesperación, me dijo: «Consolaos, milady, pronto volveréis a ver al señor Allan». Y ha mantenido su palabra, pues me advirtió hace unos instantes que podía esperaros aquí. Parece que el carcelero encargado de vigilaros no ha sido insensible a los mimos de Maude; le llevó de beber, le cantó canciones, y tanto le aturdió con vino y miradas que el pobre se durmió como un lirón; entonces le quitó las llaves. Por un providencial azar se encontraba en el castillo su confesor, y el santo barón no dudó en despojarse de su hábito en vuestro favor.
—¿Ese monje no se llama hermano Tuck?
—Sí, amigo mío. ¿Le conocéis?
—Un poco —respondió sonriendo el joven, y añadió apresuradamente—: Mariana nos espera en casa de un honrado guardabosque de Sherwood; ha dejado Huntingdon para vivir con nosotros, pues yo esperaba que vuestro padre me concediera vuestra mano; pero ya que, no contento con denegármela, atenta contra mi libertad, para atentar sin duda contra mi vida después, sólo nos queda una oportunidad para ser felices: la huida…
—¡Oh! ¡No, Allan! ¡Nunca abandonaré a mi padre!