Robin Hood
Robin Hood —Esto es lo que pasa, milady. Sabéis que hice tragar a Egbert, el carcelero, más vino de lo que su cabeza podÃa soportar; se durmió. Durante su sueño, profundo por la embriaguez, Egbert fue llamado por milord; milord querÃa ver a vuestro… al señor Allan; el pobre carcelero, aún bajo la influencia del vino que le habÃa dado yo, olvidando el respeto que debe a Su SeñorÃa, se presentó ante él con los brazos en jarras y le preguntó en tono poco respetuoso por qué osaba molestarle, a él, un buen honrado muchacho, durante su sueño. El señor barón quedó tan sorprendido al escuchar tan extraña pregunta que se quedó algunos instantes mirando a Egbert sin dignarse a responderle. Envalentonado por este silencio el carcelero se acercó al señor barón y, apoyándose sobre su hombro, le dijo en tono jovial: "Dime, viejo despojo de Palestina, cómo va tu salud? Espero que la gota te dejará dormir tranquilo esta noche…". Ya sabéis, milady, que Su SeñorÃa no estaba de muy buen humor, juzgad pues su cólera tras las palabras y los gestos de Egbert… ¡Ay! si hubieseis visto al señor barón, temblarÃais como yo, temerÃais una sangrienta catástrofe; monseñor echaba espuma de rabia, rugÃa más que un león herido, destrozaba la sala a patadas y buscando algo para destrozar con sus manos; de pronto se apoderó del manojo de llaves colgado del cinturón de Egbert y buscó entre todas la llave del calabozo de vuestro… del señor caballero. La llave no estaba. «¿Qué has hecho?», preguntó el barón con voz de trueno, Egbert, despejado instantáneamente, palideció de espanto. El señor barón ya no tenÃa fuerzas para gritar, pero el temblor convulsivo que agitaba todo su cuerpo indicaba que iba a vengarse. Llamó a una patrulla de soldados y se dirigió al calabozo del señor anunciando que si el prisionero no estaba ahorcarÃa a Egbert… Señor —añadió Maude volviéndose hacia Allan—, es preciso huir lo más rápidamente posible antes de que mi padre, alertado, cierre las puertas del castillo y baje el puente levadizo.